La Fábula de la Cerillera

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La cerillera

Había llegado la noche de Fin de Año, la última noche del año. En la ciudad, todo el mundo se apresuraba para volver a casa y refugiarse del frío y la nieve. Las calles estaban llenas de personas abrigadas y algunos llevaban regalos de Navidad. Mientras tanto, una pequeña cerillera intentaba vender fósforos para ganar algo de dinero y así poder comprar comida para sobrevivir.

A pesar de sus esfuerzos, la gente apenas escuchaba su débil voz y no estaban dispuestos a sacar las manos de sus bolsillos calientes. La cerillera notaba cómo el frío se iba intensificando y se daba cuenta de que no vendería más fósforos ese día.

El frío y la oscuridad

Terminó de contar las escasas ganancias y se desanimó al ver que no sería suficiente para llevar algo de alimento a su familia. Con el pensamiento de que sus padres se enfadarían con ella, la cerillera sintió aún más presión. Su familia era muy pobre y cada pequeña cantidad marcaba una gran diferencia.

Con los dedos entumecidos, la nariz helada y la garganta dolorida, la cerillera tuvo una idea. Si encendía una cerilla, al menos sentiría un poco de calor. En su casa también hacía frío, ya que las goteras habían permeado el tejado y el viento soplaba a través de las paredes de cartón de su humilde hogar.

Con precaución, la cerillera se refugió en una esquina entre dos casas elegantes. Encendió un fósforo y la luz le mostró una acogedora estancia con una chimenea ardiente y una mesa llena de comida humeante. Las llamas bailaban en las paredes, creando figuras danzarinas, y la cerillera incluso podía sentir el calor de una manta sobre sus rodillas.

Desafortunadamente, al apagarse el fósforo, la cerillera volvió a la oscura y fría realidad. Anhelaba volver a sentir ese calor y esa comodidad, por lo que decidió encender otra cerilla.

El árbol de Navidad

Al prender el segundo fósforo, la cerillera se encontró en un salón bellamente decorado, con un árbol de Navidad adornado con velitas centelleantes. Bajo el árbol, había regalos esperando ser abiertos por niños ilusionados. La cerillera se sintió emocionada y feliz, una sensación completamente nueva para ella.

Una vez más, la oscuridad volvió cuando la cerilla se consumió. Sentada en la calle, aterida de frío y acariciada por los copos de nieve, la cerillera decidió encender otra cerilla. La luz le mostró a sí misma sentada en una mesa agradable al lado de la chimenea, tomando una sopa caliente que reconfortó su cuerpo enfermo. También se vio acercarse al majestuoso árbol de Navidad para abrir los regalos que nunca había recibido antes.

Desafortunadamente, esta vez, cuando la cerilla se consumió, solo quedó el pequeño cuerpo de la cerillera junto a la esquina de las casas elegantes. Su alma se negó a volver a esa realidad que la había ignorado hasta ese momento.

Moraleja

Esta fábula nos enseña la importancia de ayudar a los demás cuando nos lo piden honestamente.

A veces, sin siquiera darnos cuenta, nos perjudicamos a nosotros mismos al negar una mano amiga. Debemos recordar compartir con aquellos que más lo necesitan, activar la alegría y la sencillez, relativizando lo que hacemos y enfocándonos en lo que aún queda por resolver. Al final, todos somos uno y debemos aprender a ser solidarios y compasivos.

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