Fábula de la Lámpara de Aladino

Érase una vez en una tierra en el este, vivía un pobre pero muy buen chico llamado Aladino. Aladino realizaba trabajos duros para ganarse la vida y viajaba a lejanas distancias para vender los plátanos que recolectaba. Un día, mientras estaba recolectando plátanos, se encontró con un hombre vestido con barba y una oscura mirada. El hombre se acercó a Aladino y le mostró un puñado de oro en sus manos.

«Hola, mi niño. Soy un viejo amigo de tu padre. ¿Te gustaría ganarte una moneda de oro?», dijo el hombre.

Aladino se sorprendió y respondió: «¡Una moneda de oro! Si recolectara plátanos por el resto de mi vida, aún así no podría ganar tanto dinero».

El hombre le pidió a Aladino que bajara por un agujero que se encontraba debajo de una piedra. Aladino, pensando que esta era una tarea fácil, accedió. Juntos, empujaron la piedra y vieron cómo aparecía el agujero. Aladino, siendo ágil y pequeño, logró pasar por el agujero. En el interior, encontró una escalera muy estrecha y comenzó a descender por ella.

Llegó a la parte inferior de la escalera y se encontró con una cueva iluminada por una vieja lámpara. No podía creer lo que veía dentro de la cueva: piedras preciosas, oro y muchos tesoros. Sin embargo, su asombro se convirtió en temor cuando escuchó una voz desde arriba.

«La lámpara. ¿Has visto la lámpara? Apaga la luz y solo tráeme la lámpara», gritó el hombre desde arriba.

Aladino se dio cuenta de que este hombre solo quería la lámpara, en lugar de todos los tesoros y oro que había dentro de la cueva. Asustado, Aladino tomó la lámpara y comenzó a subir por la escalera. Pero justo en ese momento, el hombre comenzó a gritarle.

«¡Dame la lámpara!», exclamó el hombre.

Aladino, sin comprender el comportamiento del hombre, respondió: «Primero quiero salir de aquí. Si no me das la lámpara en este instante, te encerraré en esta cueva para siempre».

En ese momento, Aladino se dio cuenta de que este hombre era malvado y solo tenía intenciones de usar la lámpara para sus propios fines. Antes de salir de la cueva, Aladino vio un anillo en el suelo. Sin darse cuenta, el hombre malvado empujó la piedra y tapó el agujero, encerrándose a sí mismo dentro de la cueva.

Aladino recogió el anillo y se lo puso en el dedo. De repente, la cueva se iluminó con una nube rosa y apareció un gigante en su interior. El gigante le dijo a Aladino que podía pedir cualquier deseo, pero solo tenía tres deseos.

Aladino deseó regresar a su casa y, en un abrir y cerrar de ojos, se encontró de vuelta en su hogar. Al contarle a su madre lo sucedido, Aladino le explicó que fue incapaz de obtener el oro, pero en su lugar se quedó con la vieja lámpara que había encontrado.

Curiosos, Aladino y su madre comenzaron a limpiar la lámpara. Al frotarla, un humo salió de la lámpara y un genio apareció. «¡Woof woof! Amigo, he estado atrapado en esta lámpara durante cientos de años y tú me has salvado», exclamó el genio.

El genio le dijo a Aladino que podía pedir cualquier deseo que quisiera. Aladino y su madre, gracias a la lámpara mágica, comenzaron a vivir una vida de abundancia y felicidad. Cada deseo que tenían se hacía realidad.

Pasó mucho tiempo, y un día, mientras paseaba por el mercado, Aladino vio a la princesa Jazmín, la hija del rey. Al instante, se enamoró de ella y decidió que quería casarse con ella.

Aladino fue a casa y le contó a su madre sobre su amor por la princesa. Su madre, con la ayuda del genio, preparó un cofre lleno de oro y se dirigió al castillo para hablar con el sultán.

La madre de Aladino explicó al sultán las intenciones de su hijo y el sultán decidió poner a prueba las riquezas y el poder de Aladino. Si su hijo podía enviarle 40 esclavos, cada uno con un cofre lleno de piedras preciosas, junto con 40 soldados para protegerlos, entonces el sultán consideraría permitir que Aladino se casara con la princesa Jazmín.

La madre de Aladino regresó a casa triste, ya que pensaba que incluso el genio no podría conceder un deseo tan grande. Pero recogió la lámpara y la frotó con más fuerza que nunca. El genio apareció y, al escuchar el deseo de la madre de Aladino, concedió su petición de inmediato.

Aladino y su madre enviaron a los esclavos y a los soldados al castillo del sultán. Al día siguiente, el sultán quedó impresionado al ver la riqueza y el poder de Aladino. Decidió que no encontraría un marido más rico para su hija que Aladino.

Aladino y la princesa Jazmín tuvieron una gran boda que duró tres días. Todos escucharon sobre la suerte y la riqueza de Aladino, pero él y su madre nunca le contaron a nadie sobre el genio y la lámpara mágica.

La historia continúa con la aparición de un vendedor de lámparas antiguas en el castillo de Aladino. Jazmín intercambió la vieja lámpara por una nueva, sin saber que el vendedor era el malvado hombre que había atrapado a Aladino en la cueva.

El malvado hombre tomó la lámpara y la frotó, liberando al genio. Inmediatamente, ordenó al genio cambiar el castillo de lugar, llevándoselo lejos con Jazmín dentro.

Cuando Aladino regresó a casa aquella noche, descubrió que el castillo había desaparecido. Sabía que algo malo había sucedido. Al encontrar el anillo que había recogido en la cueva, se lo puso en el dedo y el gigante apareció nuevamente.

Aladino pidió al genio que lo llevara al lado de Jazmín, y en un abrir y cerrar de ojos, se encontró en el castillo. Escondido, vio al malvado hombre sosteniendo la lámpara y hablando con la princesa Jazmín.

Sin esperar más, Aladino pidió al genio que hiciera que el hombre cayera en un largo y profundo sueño. Así ocurrió y Aladino corrió junto a Jazmín, contándole toda la historia.

Decidieron que era hora de regresar a su hogar, así que Aladino pidió al genio que llevara el castillo nuevamente a su lugar. El castillo voló por los cielos y aterrizó en su ubicación original.

Finalmente, Aladino regresó junto a su madre. Él, su madre y la princesa Jazmín vivieron felices para siempre.

Moraleja de la lampara de Aladino:

No importa cuán humilde sea tu origen, si eres valiente y tienes un corazón noble, la suerte y la fortuna pueden sonreírte en cualquier momento. Además, la avaricia y la maldad siempre se encontrarán con su merecido.

Pensamiento final: La verdadera riqueza no se encuentra en la cantidad de oro y tesoros que poseemos, sino en el amor, la bondad y la generosidad que compartimos con los demás.

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