Fábula el ciervo y su reflejo

En un tranquilo bosque, vivía un joven ciervo llamado Lino. Era conocido por su hermoso pelaje y sus largos y puntiagudos cuernos que brillaban bajo el sol. Lino era vanidoso y siempre buscaba oportunidades para admirar su reflejo en cualquier superficie brillante.

Un día, mientras paseaba por el bosque, Lino encontró una fuente de agua cristalina. Se acercó lentamente, emocionado por ver su reflejo en el agua. Al mirarse, quedó fascinado por la belleza de sus cuernos, pero mientras seguía observándose, también notó sus delgadas y frágiles patas. Comparó sus majestuosos cuernos con sus patas y sintió desdén por estas últimas.

Mientras estaba absorto en sus pensamientos, un león se acercó sigilosamente, atraído por el reflejo del ciervo en el agua. Lino, al darse cuenta del peligro, decidió huir. Corrió tan rápido como pudo, y gracias a sus ágiles y fuertes patas, logró escapar del león. Sin embargo, al correr entre los espesos arbustos, sus cuernos se enredaron en las ramas, retrasándolo momentáneamente. Luchó y luchó hasta que finalmente se liberó y continuó su huida.

Después de ponerse a salvo, Lino se detuvo para recuperar el aliento. Reflexionó sobre lo sucedido y se dio cuenta de que, aunque sus cuernos eran hermosos, también podían ser una desventaja en situaciones de peligro. Por otro lado, sus patas, que había despreciado, eran las que le habían salvado la vida.

Desde ese día, Lino aprendió a ser más prudente y a no juzgar su valor basándose únicamente en las apariencias. Comprendió que cada parte de él tenía su propósito y que la verdadera sabiduría residía en reconocer y apreciar sus fortalezas y debilidades.

Moraleja el ciervo y su reflejo:


«No debemos dejarnos llevar por las apariencias. La prudencia y la autoaceptación son esenciales para reconocer nuestro verdadero valor.»

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